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La vida de Chéjov, por Irène Némirovsky
La extraordinaria biografía que la escritora hizo del genio ruso se publica en el país. Reseña.
La escritora Irène Némirovsky nació en Ucrania, pero vivió e hizo su obra en Francia. Foto: Harlingue-Viollet
En El viaje de las palabras, la española Clara Usón terminó haciendo un homenaje a Chéjov, dejándonos un retrato del escritor ruso, que cuenta como biografía. Ahora llega a nuestras manos el homenaje a Chéjov que la gran Irène Némirovsky terminó de escribir en 1940, es decir, dos años antes de morir a manos del nazismo.
Gran retrato en toda la extensión del concepto es el que configuró una de las mejores escritoras del siglo XX sobre uno de los genios del siglo XIX. En esta biografía parece como si Némirovsky hubiera atendido las recomendaciones de Georges Liébert, uno de los grandes biógrafos de Nietzsche: “La mayor cualidad requerida por un biógrafo es la empatía, a la que hay que añadir la calidad estilística de un escritor (…) Hay que meterse en la personalidad de alguien, vivir dentro de alguien, es decir, ser habitado por él”.
Y la empatía de la autora de Suite sa hacia Chéjov es total; parece que hubiera trasegado la infancia de este en Taganrog, en el seno de una numerosa familia siempre hacinada, siempre enferma y bajo el trinquete de un padre violento y embrutecido por la religión. Parece que hubiera acompañado a Chéjov en su penosa singladura para convertirse en médico altruista de campesinos que no tenían con qué pagarle por sus servicios y en el cuentista ruso más celebrado.
La vida de Chéjov. Irène Némirovsky. Salamandra. 188 páginas
$ 32.900 Foto:Archivo particular
Chéjov (“un escritor con una infancia aciaga”), según su biógrafa, compartió sus miserias con cinco hermanos y una hermana; desde el día de su nacimiento (el 17 de enero de 1860) se vio marcado, igual que la mayoría de la población rusa, por lo que sería el lastre de toda su vida, haciendo de él un marginado: la tuberculosis.
“Mientras tanto, la hemoptisis no cesaba. En casa se sintió mejor, pero la sangre volvió a manar unas horas después. Hubo que llevarlo a una clínica en Moscú. Cuando la fiebre bajaba y la hemorragia se detenía, intentaba bromear, como era habitual en él, pero los médicos lo hacían callar. Permaneciendo tendido, sin hablar, con las manos cruzadas detrás de la nuca, extremadamente pálido”. Y en esas circunstancias, cuenta la ilustre biógrafa, a Chéjov, junto con muchos ramos de flores, los escritores en ciernes que lo iraban le enviaban manuscritos para que él les echara un vistazo. Era tal su espíritu altruista que, impedido para escribir, pensaba que al menos podría aprovechar para leer y corregir.
Su talante, casi estoico y su calidad humana, lo ponía a salvo de la menor autocompasión y de suscitar en los otros sentimientos de pesar: “Él no se quejaba. Jamás, ni entonces ni más tarde, quiso atraer la atención sobre sí mismo ni inspirar lástima. Cuando le preguntaban cómo se encontraba respondía ‘no estoy mal’ y cambiaba de conversación. ¿Se aburría en la clínica? ‘Claro que no. Ya casi me he acostumbrado, ¿sabe usted?’, decía”.
Siguiendo a Némirovsky, colegimos que el camino hacia el reconocimiento y la fama no fue para Chéjov lecho de rosas; el estreno de su obra La gaviota fue un desastre, tanto por la recepción del público como de la crítica; faltó nada para que lapidaran a la actriz que la representó y lo peor fue la lápida que le puso a la obra el mismísimo Tolstoi después de leerla: “No vale absolutamente nada. Está escrita como los dramas de Ibsen”. Mucho tiempo le tomó al público ruso asimilar los dramas de un artista que viajó a los confines del país, a la Rusia que solo conocían los desdichados que iban a parar a Siberia (“la realidad más siniestra de Rusia”, según él).
Su estadía en la isla de Sajalín fue un descenso al Hades que le hizo pensar, equivocadamente, que insuflaba a sus obras un realismo que impactaría a los lectores. “Creyó que si describía esas torturas con la mayor calma posible, sin pasión partidaria, impresionaría la imaginación de los lectores con más fuerza que indignándose y tomando partido violentamente contra los verdugos. Pero el público leyó, se estremeció moderadamente y olvidó enseguida lo que había leído”.
En enero de 1904, encerrado en una habitación berlinesa junto con Olga Leonárdovna, su mujer, Antón Pávlovich Chéjov, el más grande dramaturgo y cuentista ruso, tal como lo hiciera también Oscar Wilde, pidió champán y se despidió del mundo del que alguna vez dijera: “Es hermoso. Tan solo contiene una maldad: nosotros”.