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Opinión

Teresa González García: una gran poeta caldense

Sus poemas no solo están inspirados en la soledad ni en la tristeza, también exaltan a la naturaleza.

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Inicio esta columna diciendo que la gran mayoría de las mujeres que en estos tiempos escriben poesía prefieren que las llamen poetas. Consideran que el término “poetisa” pasó de moda y lo consideran arcaico. La premio nobel estadounidense Louise Glück dijo que prefería que le dijeran poeta. Lo mismo sucedió cuando la uruguaya Ida Vitale ganó el Premio Cervantes. La Real Academia Española sostiene que la palabra “poeta” determina a la persona que escribe poesía. Es decir, no especifica que sea solo al hombre. Se debe tener en cuenta que el neutro “persona” incluye a hombres y mujeres. El género lo determinan los artículos definidos “el” y “la”, que son palabras átonas. Teresa González García, la poeta caldense sobre quien hoy escribo, se encuentra en esta corriente. No le gusta que la llamen poetisa. Y eso está muy bien. Suena mejor poeta que poetisa.
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Esta corta introducción para hablar de una mujer que dedicó sus mejores años a la docencia, especialista en neuropsicopedagogía y licenciada en ciencias de la educación, que desde sus tiempos de profesora en el área de literatura empezó a demostrar que tenía una asombrosa facilidad para escribir poemas con un tono desolado, que se salían de lo tradicional para entrar en una corriente poética muy vallejiana por los temas que desde entonces escribe. Roberto Vélez Correa, el buen crítico literario caldense, magíster en Literatura de la Universidad de Colorado, fallecido a temprana edad conoció algunos de esos versos. Al darse cuenta de que había en ellos una voz auténtica, un lenguaje diferente, una inspiración sentida, le aconsejó que siguiera escribiendo poesía.
Esa mujer de la que hablo hoy se llama Teresa González García. Oriunda del municipio de Neira, al norte del departamento de Caldas, su voz poética está llamada a llenar el vacío que en este género literario dejaron en esta sección del país mujeres como Agripina Montes del Valle, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Beatriz Zuluaga y Maruja Vieira. Todo porque su poesía tiene un toque de originalidad que sorprende, un tono a veces melancólico, una fuerza expresiva inmensa y un lenguaje que nos recuerda a esas cuatro mujeres por la profundidad de su expresión poética. Desde su primer libro, Viajera de la vida, del amor y de la muerte, publicado en el 2009, su voz encontró un tono para expresar no solo su iración por los paisajes, sino también su dolor interior por la suerte del mundo.
En la colección Libros al aire, que publica la Gobernación de Caldas, Teresa González García acaba de entregarnos a quienes somos sus fieles lectores un nuevo libro de poemas: Somos tiempo, somos tierra. En este poemario, en el que la autora pasa fácilmente de escribir un poema desolado sobre lo que sucede en Ucrania a un poema de gozo interior donde dice que la voz del amado retumba en su alma, se confirma la sensibilidad de su voz angustiada a veces, melancólica otras, en ocasiones esperanzada y de vez en cuando apabullada por los recuerdos. Aquí su lenguaje adquiere un brillo especial. Esto se descubre al leer el poema La niña en la ventana, donde la ternura invade el corazón del lector cuando dice: “Aún no tiene años acumulados en los ojos/ es una hojita caminando por el viento”.
Su poesía tiene ritmo, musicalidad y cadencia. Pero, además, compromiso social.
En su libro anterior, Arden las venas de mujer (2021), Teresa González García le canta a la soledad, a la muerte, a la tristeza. Tenía un motivo para desnudar su alma: la muerte de su amado. Allí lloraba el corazón de una mujer consumida por el dolor, que sacaba del alma fuerzas para expresar su desazón interior. En ese libro se pregunta: “¿Para qué tu risa si están ausentes tus besos en mi piel? ¿Para qué tu palabra si tu voz ausente no llega en la oscura soledad?”. En Somos tiempo, somos tierra, Teresa González García persiste en evocar la ausencia del amado, preguntándose nostálgica: “¿Dónde está Hades, que se llevó consigo los memorables días de tu sangre caminante de mis venas?”. Es el recuerdo del hombre que compartió su vida, que como una sombra se quedó en su alma.
Pablo Neruda se preguntó: “¿por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana?”. En la poesía de Teresa González García se descubre que también a ella se le viene todo el amor cuando está triste. Y no es solo porque evoque al ser amado. Es porque ella sufre cuando ve las desigualdades sociales, o cuando la guerra deja muertos tirados en los campos, o cuando conoce el sufrimiento del exiliado. Por esta razón, en Somos tiempo, somos tierra dice con el corazón dolido que hay niños durmiendo sobre el colchón de la miseria, que el trueno de los fusiles deja cicatrices en los hombres que están en la guerra, que el exiliado “se arrastra en el camino con la humillación” queriendo hacer realidad su sueño de libertad. Estos poemas son un grito contra la inequidad social.
La poesía de Teresa González no está inspirada solo en la soledad ni en la desolación ni en la tristeza. No. Sus poemas también exaltan la naturaleza, le cantan a los ríos, describen el sol y evocan el gorgoriteo del agua, todo en un lenguaje de elevado brillo poético. En estos versos desaparece el alma adolorida, la voz que clama justicia, la poeta asombrada ante la violencia. Y aparece una voz dulce que dice que el agua despierta sueños al correr por el cauce de los ríos, que la vieja casa que habitó su madre conserva “las huellas tristes de sus gastados zapatos de labradora estoica” y que el sol se pasea por las casas “con el sabor de las voces que taló el tiempo”. En Somos tiempo, somos tierra están expuestas las preocupaciones de una mujer que mira el mundo con ojos de esperanza.
Teresa González García es una gran poeta caldense. Su poesía tiene ritmo, musicalidad y cadencia. Pero, además, por su compromiso social, por exaltar en sus versos a seres anónimos, por cantarle a Colombia con estremecimiento lírico, se puede decir que la huella de su paso por la tierra queda en sus poemas. Para un departamento que ha dado poetas tan grandes como Maruja Vieira, Fernando Mejía Mejía, Daniel Echeverri Jaramillo, Javier Arias Ramírez y Fernando Arbeláez, entre otros, la obra de esta mujer que ha publicado cuatro libros de calidad literaria quedará como testimonio vivo de su paso por el mundo. Ella puede decir con Herman Lema que “un verso que esculpió mi angustia seguirá, como un eco, en otros labios, describiendo mi sombra taciturna”.

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