Con sorpresa y asombro, de Newark (Nueva Jersey) a Chicago, a Ciudad de Guatemala; a Manaos, en Brasil; Bogotá y ciudad de México llegan noticias sobre las anunciadas deportaciones de inmigrantes indocumentados que Trump prometió.
Las deportaciones no son nada nuevo. Tan solo el año pasado, Biden deportó a 271.484 personas, desbancando a Obama como el 'deportador en jefe'. La sorpresa fue la respuesta de los presidentes de Colombia, Brasil y México reclamándole a Trump que antes de repatriar a sus connacionales había que establecer protocolos para regular el proceso. Petro y Lula le exigieron que no se los transportara de manera inhumana, encadenados y maltratados.
Lo asombroso fue la respuesta inicial del presidente colombiano, Gustavo Petro, enfrentándose a Trump e impidiendo el aterrizaje del avión militar estadounidense que conducía a los deportados.
Como era previsible, Trump reaccionó con su ferocidad acostumbrada, amenazando a Colombia con un aluvión de sanciones, amenazas y la imposición de un arancel del 25 % a los productos colombianos en venta en Estados Unidos.
De manera imprevisible, Petro reaccionó anunciando que respondería imponiéndoles aranceles del 50 % a los productos estadounidenses que se venden en Colombia. Y en un acto tragicómico pero ilustrativo del sainete, Petro invitó a Trump a tomarse un whisky para discutir el asunto. Aparentemente el colombiano no sabe que Trump solo bebe cocacolas.
Al día siguiente y para rematar el teatro del absurdo, las voces más cuerdas dentro del gabinete de Petro, y me imagino de los empresarios más poderosos del país, le hicieron ver a Petro que se estaba metiendo con Sansón a las patadas, y el Gobierno se desdijo de todo lo que su Presidente había dicho. Inmediatamente anunció que el desencuentro con Trump había sido superado, que con gusto recibirían a los colombianos y colombianas deportados, e incluso que prestarían el avión presidencial para transportarlos si fuera necesario.
EE. UU. puede causar mucho más daño a la economía de cualquiera de los tres países (México, Colombia y Brasil), y quizás a todos juntos, que cualquiera o todos ellos a la economía de EE. UU.
Previo al último acto del esperpento, e intentando entender la lógica del pleito entre los presidentes, acudí a Peter Hakim, experto en Latinoamérica y expresidente del Diálogo Interamericano. ¿Quién tiene razón?, le pregunté.
"Difícil pregunta –me contestó–. Ni Trump ni Petro son actores coherentes o consistentes, y ciertamente no son fácilmente predecibles. No sé lo suficiente como para decir si Petro tiene razón o no, pero claramente las acciones de Trump –la poca comunicación previa con las autoridades colombianas, brasileñas y de otros países– no son una manera sensata de construir confianza o cooperación con América Latina en general".
Trump también tuvo un desencuentro con el presidente brasileño, Inácio Lula da Silva, por la misma razón. La diferencia fue el manejo profesional de Lula, siguiendo los caminos de la diplomacia, enviando una nota oficial de protesta por el maltrato a los migrantes brasileños y ordenando que se les retiraran las esposas a los deportados en el momento de pisar suelo brasileño.
De la reacción de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, hay noticias contradictorias. Sabemos que impidió la salida de un avión con deportados con destino a México, aunque no sabemos por qué, y también sabemos que siguen llegando a Ciudad de México aviones con deportados.
Analizando estos primeros enfrentamientos de Trump con dos presidentes latinoamericanos, coincido con algo que Hakim me dijo: "Una mirada a las estadísticas de PIB, comercio e inversión muestra claramente que EE. UU. puede causar mucho más daño a la economía de cualquiera de los tres países (México, Colombia y Brasil), y quizás a todos juntos, que cualquiera o todos ellos a la economía de EE. UU.".
¿La lección? Piénsalo bien antes de meterte con Sansón a las patadas, sobre todo porque este Sansón es arbitrario, impulsivo y desalmado.