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Opinión

Un barco llamado ‘Colombia’

En el país, como en altamar, construir sobre lo construido es una imperiosa necesidad para la supervivencia. 

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“Somos marinos que en alta mar deben reconstruir su barco usando las mismas maderas viejas con las que fue construido”. Esta es la metáfora de Otto Neurath acuñada hace más de un siglo. Aterrizada a nuestra propia realidad política, podría decirse que describe acertadamente el simplismo con el que se ha prometido y se pretende ejecutar el “cambio” en Colombia y, así mismo, da cuenta de las flaquezas de la oposición.
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En alta mar, una embarcación que necesita arreglos no contará sino con lo que el barco tiene y con su tripulación. Para sanar el hueco en un casquete, se tendrá que sacrificar la madera de alguna otra parte. Si se desata un motín, el nuevo timonel será indefectiblemente alguien que se encuentre en el barco y, aun así, salvo un destierro por la borda, el relevo de mando no podrá hacer tabula rasa con los marinos que tendrán que seguir conviviendo pacífica y solidariamente para evitar el naufragio. La nación no es más que una nave en movimiento perenne. Su destino y vicisitudes importan a todos los que comparten ese viaje. Allí construir sobre lo construido es una imperiosa necesidad para la supervivencia. Las innovaciones y los cambios pueden ser necesarios. Sin embargo, se hacen usando creativamente las mismas maderas viejas y sin desconocer los fundamentos del arte de la navegación.
Tancredi, personaje de El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa, decía por su parte que para que todo siga igual, se necesita que todo cambie. Apelar a un cambio total o intentar hacerlo desde cero no conduce a nada distinto a que nada cambie en absoluto. Desechar lo construido para remplazarlo por vacuos discursos románticos cargados de sofismas, pero carentes de respuestas reales, no llevará a este barco llamado “Colombia” a ningún destino.
En este barco que se llama Colombia pretender cambiarlo todo solo llevará a no cambiar nada, pues en altamar el barco se repara únicamente con lo que dispone y la tripulación con la que cuenta.
Quizás en puerto, con un dique seco, una tripulación renovada, el barco pueda ser transformado totalmente. Pero ese no es el caso de Colombia, ni de ningún país. El “cambio” se ha propuesto en alta mar y en medio de tormentas, pero lo más grave, descartando las bases y experiencias acumuladas.
En su afán por sepultar lo que denomina un pasado oligárquico y neoliberal, responsable a su juicio de las innumerables fallas sistémicas del Estado, el Presidente está furiosa y desordenadamente descartando incluso lo que funciona, como si para construir fuera necesario primero destruirlo todo. Edificar sobre las ruinas puede ser un ideal sueño revolucionario. No obstante, es un peligroso error conceptual. No se votó para refundar la patria, y mucho menos cuando después de derrumbar los cimientos o de someterlos sistemáticamente a una serie deliberada de temblores no parece que se eleven nuevos pilotes.
Vienen tiempos de turbulencia y mares huracanados. A los escándalos de corrupción y al debilitamiento institucional se le suma una campaña donde desde una orilla se insistirá en que todo debe ser cambiado porque hasta tanto ello no se haga, nada funcionará adecuadamente. Desde la orilla opuesta, sin reconocer que hay cambios que son necesarios y están pendientes, se acudirá al más rancio estilo reaccionario para regresar a un pasado plagado de vicios.
Tanto Neurath como Lampedusa tenían razón. En este barco que se llama Colombia pretender cambiarlo todo solo llevará a no cambiar nada, pues en alta mar el barco se repara únicamente con lo que dispone, la tripulación con la que cuenta, el consentimiento de la ciudadanía y el margen de recursos que hasta ahora se poseen. En todo caso, por el bien del país, el cambio de rumbo y el aumento de velocidad se imponen. La oposición se subleva y su ceguera es una equivocación. El Gobierno, por su parte, perdió el control del timón y solo queda en sus manos una consigna vacía y una refundida y anacrónica carta de navegación.

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