En estos días pulula el amor entre los jóvenes y es prudente reflexionar sobre cómo entablamos relaciones. Entre nosotros se han desdibujado el amor y las conexiones genuinas, se han primado otras dimensiones sobre aquellas que nos impulsan a conocer y entregarnos a los otros.
Vi recientemente una película llamada ‘Compañera perfecta’, en la que exponían cómo un hombre joven, luego de tener un trabajo estable, un apartamento propio y estudios de alto nivel, se enfrenta a ese momento en el que se encuentra solo. Decide comprar un robot que no solo lo satisface sexualmente, sino que además promete proveerle el amor que no encuentra con sus congéneres.
La película busca criticar lo que, entre los hombres jóvenes, se ha estudiado como la “epidemia de la soledad masculina”. Este concepto afirma que para los hombres es más difícil tener amigos significativos que los acompañen a lo largo de la vida y que, sumado a otros fenómenos de relacionamiento como pueden ser el duelo y el divorcio en una edad avanzada, aumenta el riesgo de desarrollar trastornos mentales o incluso el suicidio.
A los hombres nos cuesta más hablar de lo que sentimos, pues creemos falsamente que todo debemos resolverlo por nuestra cuenta y nos encargamos de que nuestras relaciones sociales sean superficiales y vacías. Tenemos amigos para ver un partido, rumbear o compartir una cerveza, pero poco hablamos de lo que nos duele o nos entregamos a exponer aquello en lo que necesitamos ayuda.
El Observatorio de la Mujer mostró en un estudio que los hombres, producto de la soledad y el abuso de sustancias psicoactivas, son más propensos a quitarse la vida entre los 20 y los 30 años y usar métodos definitivos para lograr su cometido, registrando un total de 78,62 por ciento sobre el total de los casos.
Tenemos amigos para ver un partido, rumbear o compartir una cerveza, pero poco hablamos de lo que nos duele o nos entregamos a exponer aquello en lo que necesitamos ayuda
La epidemia de la soledad masculina, sin embargo, ha creado también una serie de imaginarios dañinos respecto a las relaciones que permea a todos los jóvenes, independientemente de su sexo. Por ejemplo, en la que tener éxito profesional y educativo, hacer ejercicio y comer saludable, ir al psicólogo o tener un apartamento y el dinero para formalizar una relación son llaves directas para ser una persona de alto valor.
Algunos jóvenes publican en X, desconcertados, por qué a pesar de tenerlo todo, de gastarles a las mujeres en una cita, no logran que ellas deseen continuar en esa construcción porque evidentemente ellas y muchos otros jóvenes buscamos algo más. Se ven como merecedores de un premio que les hace falta para llenar el cartón del bingo de la vida: casa, carro, trabajo… amor, pero no se preocupan en sentir curiosidad y construir con el otro.
Las relaciones no son un premio por cumplir con los estándares de la sociedad. Esta idea nos llena de profunda frustración, desprecio hacia nosotros mismos y desconocimiento de los otros como personas. Lo que hace que se alejen más de nosotros. El hombre de la película, a pesar de tenerlo todo (incluso amante robótica), era incapaz de conectar con las personas, quería controlarlas y manipularlas para que se abnegaran a sus deseos.
Propongo que reflexionemos sobre todas las conexiones que tenemos en nuestra vida y si nos hemos encargado de que sean artificiales, de objetos útiles o si hemos construido, por el contrario, compañías perfectas, redes de apoyo y búsqueda del otro como persona.
ALEJANDRO HIGUERA SOTOMAYOR